Por: Alberto Adrianzen M.
El encuentro entre el liberalismo y el Perú nunca fue un feliz. El llamado divorcio entre el Perú formal y el real tiene a la base este desencuentro. Para hacer su ingreso al país, el liberalismo tuvo que pasar previamente, como afirma Fernando de Trazegnies, por la aduana ideológica de la élites políticas y económicas. Estas limaron lo jacobino e igualitario que tenía esta doctrina. Convirtieron así al liberalismo en un discurso romo, sin punta; también en una simple caricatura.
En el siglo pasado el liberalismo, bajo una supuesta libertad y respeto del contrario, terminó por defender el odioso y bárbaro sistema de enganche de los culis; en realidad, un régimen de semiesclavitud.
Imagen: Culis chinos encadenados trabajando en las haciendas costeñas del norte.
En su nombre las tierras fueron reconcentradas, fortaleciendo así a los terratenientes. Dio a nacimiento al burgués, como diría Mariátegui, con espíritu de feudo. Una suerte de señor feudal que decide cambiar sus tierras por una fábrica. Algo así como ser militante liberal, en nuestros días, pero, al mismo tiempo, del Opus Dei.
Su coronación, si cabe el término, fue organizar la vida social de nuestro país bajo un criterio absolutamente antiliberal: la desigualdad natural entre los seres humanos.
Los liberales no pudieron crear ni una república ni, mucho menos, una nación. Terminaron por traicionarse así mismos al convertir al Estado en el principal organizador de la vida social, económica y política del país, pero también al negarle a la sociedad un conjunto de derechos. El liberalismo peruano no pudo resolver, pese a que existieron propuestas reformistas en su seno, ni la llamada "cuestión social", los problemas derivados de la pobreza y la justicia, ni tampoco la "cuestión política", la manera en que una sociedad decide autogobernarse.
El liberalismo surgió en las sociedades modernas y desarrolladas como una propuesta política y una ideología protectora de la sociedad frente a los arrestos autoritarios y arbitrarios del poder estatal. La idea, por ejemplo, de los derechos naturales encuentra ahí su explicación última. Por eso el liberalismo clásico nunca contrapuso, como hoy día hacen nuestros liberales, al Estado con el mercado. Contrapuso, más bien, al Estado con los derechos.
Como recuerda Giovanni Sartori, acaso uno de los pensadores liberales más importantes de fines de siglo, "...el liberalismo es simplemente la teoría y la práctica de la defensa del Estado constitucional de la libertad política individual, de la libertad política. Se observará que: a) no confiere importancia al "individualismo"; y b) que hablo de "Estado constitucional" y no, como a veces se sugiere, de Estado mínimo"1. Como sabemos, el Estado constitucional no es otra cosa que un estado de derecho o. si se prefiere, una sociedad con derechos.
Por eso el liberalismo -y sigo el razonamiento de Sartori- no otorga mayor importancia a la dimensión de ese Estado liberal que a su estructura. "El hecho de que Estado constitucional" -precisa el autor italiano- "pueda haber sido concebido como un Estado pequeño y abstencionista o escasamente interventor no es un obstáculo para su transformación, si fuese necesario, en un Estado mayor y con más competencias -con una condición esencial: que cuanto más deje de ser un Estado mínimo, más importante es que siga siendo un Estado constitucional".
El eje de este razonamiento, como se puede observar, ancla, pues en la problemática de los derechos, no en el individualismo, ni mucho menos en el mercado o en el tamaños del Estado.
Incluso el mercado, en el liberalismo clásico, aparece como una suerte de mecanismo de protección de la sociedad frente a la "mezquina rapacidad", como diría Adam Smith, de los capitalistas. Smith, en su famoso, libro "Riqueza de las Naciones", caracterizaba a los capitalistas, en cuanto grupo, como agentes que "rara vez se reúnen, aun para divertirse o distraerse, sin que la conversación termine en una conspiración contra el público o en un plan para elevar los precios". Para este pensador, el mercado o mejor dicho, la competencia, transformaba esa "mezquina rapacidad", siempre contraria al "público" . por lo tanto, necesaria de controlar- en "beneficios sociales"2. Convertía los vicios privados de los capitalistas en virtudes públicas, útiles al conjunto de la sociedad.
Adam Smith: Padre de la economía moderna y autor de la obra "Indagación Sobre la Naturaleza y las Causas de la Riqueza de las Naciones"

Por eso el liberalismo tampoco contrapuso lo estatal a los privado, sino más bien lo estatal a lo público, puesto que lo estatal podía, como ha sido nuestro país, ser privatizado a favor de unos cuantos, es decir, al servicio de esa "mezquina rapacidad".
El liberalismo contrapone, pues, lo público a los estatal y a lo privado, puesto que lo primero aparece como el espacio de construcción de es Estado constitucional y el ámbito en el cual los derechos de la sociedad se crean y recrean constantemente. En este contexto el liberalismo, en tanto Estado constitucional y en cuanto derechos, aparece así como la teoría y la práctica de limitar el poder del Estado y de los intereses meramente privados. Pensar que el liberalismo, como hoy se pregona en el país, es simplemente la justificación del egoísmo humano y la entronización del mercado como principio de realidad, es como creer que todo el marxismo está contenido en los famosos (y pesados) manuales de la ex-Unión Soviética.
Sin embargo, esta vez el liberalismo peruano no le ha sido necesario volver al "desaduanizar ideológicamente" al liberalismo. Le ha bastado con importar directamente y sin aranceles ideológicos el "Neoliberalismo" o para emplear una frase feliz de Benedetto Croce, el "liberalismo económico". Esta doctrina iguala -y, por lo tanto, confunde- el liberalismo con los principios del libre comercio, la supervivencia del más fuerte y la supremacía del mercado sobre los derechos y el Estado constitucional al proclamar que éste, el mercado, es la mejor expresión y el lugar por excelencia del interés público3.
Al neoliberalismo no le interesa la democracia liberal y si más bien la expansión del mercado y la imposición de una lógica social darwinista, mediante la exacerbación del interés privado y del individualismo como norma social de vida y búsqueda de felicidad. Por eso, el neoliberalismo, al igual que la guerra, tiende a privatizar los espacios públicos y a convertir a la sociedad en un campo de batalla de los distintos egoísmos privados.
Guerra (léase senderismo) y neoliberalismo se dan la mano para desintegrar a nuestra sociedad al imponer lógicas privatistas (no públicas) de exclusión social y económica. Incluso se le niega a la política su esencia negociadora y, por lo tanto, de búsqueda de consensos, como acaba de hacer farisaicamente el exdiputado Rafael Rey Rey. Para Carlos Boloña, Alberto Fujimori, Abimael Guzmán, el pacto social público no es necesario hoy en el Perú.
La ideología neoliberal, de otro lado, es hija, al mismo tiempo, de las épocas de bonanza y de crisis del capitalismo. De la primera época recoge la idea, infantil por lo demás, de la autorregulación del capitalismo, de la segunda, la creencia de que la crisis es consecuencia de la intervención del Estado en la economía. Su partida de nacimiento se producirá en la década de los 40 en polémica abierta con el llamado Estado de Bienestar que se basara, justamente en el pacto social y en la ampliación de los derechos ciudadanos y sociales, particularmente de los trabajadores. Para esta ideología -y particularmente para su mentor mentor, Frederick von Hayek- toda política que refuerza al Estado niega al mismo tiempo al liberalismo.
Frederick von Hayek: Filósofo, jurista y economista de la Escuela Austriaca, conocido por su defensa del liberalismo y por sus críticas de la economía planificada.
El perfil político neoliberal será completado con la idea del economista Joseph Schumpeter, quien sostiene que el futuro de la sociedad descansa principalmente en el empresariado. Para Schumpeter, como afirma Daniel Bell, la expansión de la industria no surge del "impulso" del capital sino más bien del "arrastre" del empresariado. El progreso económico es entendido así como la mayor cantidad de oportunidades al empresariado para que este logre abrir nuevos caminos para obtener ganancias. La función del gobierno será, por lo tanto, no la de dirigir las inversiones, sino la de estimular al empresariado hacia el logro de una mayor ganancia4.
El Estado se convierte así en irresponsable frente a los consumidores y a la sociedad (ver recuadro - Piñas y Lecheros). La pobreza pasa a ser un problema moral y no social. El neoliberalismo bloquea así las posibilidades de solucionar la "cuestión social" al negarse a regular socialmente a la economía, y la "cuestión social" al implantar la dictadura, es decir, al privatizar el poder.
En este contexto, los trabajadores y los sectores organizados, ligados a la producción, se convierten en los hijos malditos del sistema. Una suerte de rebeldes sin causa que el poder debe, como acaba e hacer con las recientes leyes laborales, disciplinar, y si es necesario, a la fuerza. Y los pobres en objeto en objeto de caridad. El principio de organización social no es el trabajo ni tampoco el reconocimiento del otro como igual, puesto que ambos tienen los mismos derechos, sino más bien la ganancia, sobre la especulativa. No es extraño tampoco que estas leyes se promulguen (no discuto la necesidad de una reforma laboral) ahora, al cabo de doce años durante los cuales el movimiento obrero presentó más de mil recursos de amparo en defensa de sus derechos constitucionales.
Los liberales peruanos vuelven, pues, a traicionar al país y al propio liberalismo, al negarse una vez más a construir una sociedad, una comunidad política, basadas en el pacto, en los consensos, en los derechos, en la democracia, en la negociación y en el trabajo. En buscar una manera civilizada de convivir entre peruanos diversos pero iguales ante la ley, que es, justamente, lo que permite los derechos y el Estado constitucional. Convivencia distinta, por cierto, al imperio de aquello que Adam Smith llamaba la "mezquina rapacidad" de unos cuantos.
Piñas y lecheros
El liberalismo peruano es tan feble y decorativo que no imagina una sociedad, como plantea Galbraith, en la que la autorregulación del mercado no proceda de la competencia entre los productores, sino más bien de un poder autogenerado y de un contrapeso entre compradores y vendedores.
Los compradores o consumidores, en nuestra sociedad, no tienen derechos, no tienen a quién y en dónde reclamar. Un ejemplo de ello son los ahorristas de mutuales, cooperativas y bancos, víctimas no sólo del manejo del APRA, sino también de la actual política económica. Ellos son, en el lenguaje frío del ministro Boloña, los llamados "piñas"; los "lecheros" o suertudos son otros: los grandes intereses financieros.
En realidad, la defensa y los derechos de los consumidores son aspectos importantes de todo nuevo orden social. El New Deal de Roosevelt, por ejemplo, se basó, entre otros puntos, en la idea de que el vendedor debería ser controlado y fiscalizado, puesto que los consumidores tenían derechos que el Estado debía garantizar y proteger. Imaginar que existen derechos de los consumidores supone imaginar que todos los consumidores (ya que son también ciudadanos) son iguales, aspecto que el liberalismo peruano desprecia hasta hoy.
1. SARTORI, Giovanni: Teoría de la democracia, tomo II. Madrid. Alianza Editorial. 1988.
2. Al respecto, cf. SOWELL, Thomas: Conflicto de visiones. Buenos Aires. Edit. Gedisa. 1990.
3. Sobre el "liberalismo económico", cf. SARTORI, Giovanni: ob, cit.
4. Bell, Daniel: "Las perspectivas del capitalismo americano: Sobre Keynes, Schumpeter y Galbraith", en El fin de las ideologías. Madrid: Edit, Tecnos. 1964.
Publicado en:
La revista QUE HACER #76
Lima, julio - agosto 1992




