miércoles, 31 de enero de 2018

¿EN QUÉ CREEN LOS LIBERALES?

Por: Carlos Alberto MONTANER

                                               ¿Son tan malos como dicen sus adversarios? A juzgar por los ataques que acaba de hacerles el Congreso de la Internacional Socialista, reunido en New York, los liberales son poco menos que una pandilla de desalmados que profesan una perversa ideología consagrada a la explotación de los pobres.
                                               Eso es una tontería. Comencemos por rechazar toda suposición de que el liberalismo es una ideología. Una ideología es siempre una concepción del acontecer humano - de su historia, de su forma de realizar las transacciones, de la manera en que deberían de hacerse - que parte del rígido criterio de que el ideólogo conoce de donde viene la humanidad, porque se desplaza en esa dirección y hacía dónde debe de ir: de ahí que toda ideología, por definición, sea un tratado de "ingeniería social" y cada ideólogo sea, a su vez, un "ingeniero social". Alguien dedicado a la siempre peligrosa tarea de crear "hombres nuevos", no contaminados por las huellas del antiguo régimen. Sólo que esa actitud, lamentablemente, suele dar lugar a grandes catástrofes, y en ello está, como señalara Pooper, el origen del totalitarismo. Cuando alguien disiente, o cuando alguien trata de escapar del luminoso y fantástico proyecto trazado por el "ingeniero social", es el momento de apelar a los paredones, a los calabozos, y al ocultamiento sistemático de la verdad. Lo importante es que los libros sagrados nunca resulten desmintiendo. 
tUn liberal, en cambio, tiene que someter su conducta a la tolerancia de los demás criterios, y debe de estar siempre dispuesto a convivir con lo que no le gusta. Un liberal no sabe donde marcha la humanidad y no se propone, por lo tanto, guiarla a sitio alguno. Ese destino tendrá que forjarlo libremente cada generación de acuerdo con lo que en cada momento le parezca conveniente hacer. El liberal se limita a crear el marco institucional para que la convivencia sea fructífera y pacífica.
                                               El origen moderno del liberalismo hay que localizarlo en Inglaterra. En efecto, John Locke, tras contemplar los desastres de Inglaterra a fines del siglo XVII, cuando la autoridad real británica absoluta entró en su crisis definitiva, dedujo que para evitar las guerras civiles, la dictadura de los tiranos, o los excesos de la soberanía popular, era conveniente fragmentar la autoridad en diversos poderes, además de depositar la legitimidad de gobernantes y gobernados en un texto constitucional que salvaguardara los derechos inalienables de las personas, dando lugar a lo que luego se llamaría un "Estado de derecho". Es decir una sociedad racionalmente organizada, que dirime pacíficamente sus conflictos mediantes leyes imparciales que en un ningún caso pueden conculcar los derechos fundamentales de los individuos.

John Locke: "El segundo tratado de gobierno y una carta sobre tolerancia"
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tOtro liberal inglés, Adam Smith, un siglo más tarde, siguió el mismo camino deductivo para inferir su predilección por el camino. ¿Cómo era posible, sin que nadie lo coordinara, que las panaderías de Londres -entonces el 80% del gasto familiar se dedicara a pan- supiesen exactamente cuánto pan producir? ¿Cómo se establecían precios más o menos uniformes para tan necesario alimento sin la mediación de la autoridad? ¿Porqué los panaderos, en defensa de sus intereses egoístas, no subían el precio del pan ilimitadamente y se aprovechaban de la perentoria necesidad de alimentarse que tenía la clientela?
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                                             Todo eso lo explicaba el mercado. El mercado era un sistema autónomo de producir bienes y servicios, no controlado por nadie, que generara un orden económico espontáneo, impulsado por la búsqueda del beneficio personal, pero autorregulado por un cierto equilibrio natural provocado por las relaciones de conveniencia surgidos de las transacciones entre la oferta y la demanda. Los precios, a su vez, constituían un modo de información. Los precios no eran "justos" o "injustos", simplemente, eran el lenguaje con que funcionaba ese delicado sistema, múltiple y mutante, con arreglo a los importantes deseos, necesidades e informaciones que mutua e incesantemente se trasmitían los consumidores y productores. Ahí radicaba el secreto y la fuerza de la economía capitalista: en el mercado. Y mientras menos interfieran en él poderes públicos, mejor funcionaría, puesto que cada interferencia, cada manipulación de los precios, creaba una distorsión, por pequeña que fuera, que afectaba a todos los aspectos de la economía.
tOtro de los principios básicos que aúnan a los liberales es el respeto por la propiedad privada. Actitud que no se deriva de una concepción dogmática contraria a la solidaridad -como suelen afirmar los adversarios del liberalismo- , sino de otra observación extraída de la realidad: donde no hay propiedad privada no existe las libertades individuales, pues todos acabamos en manos de un Estado que nos dispensa y administra arbitrariamente los medios para que subsistamos (o perezcamos). Donde no hay propiedad privada, ni siquiera es posible la rebelión contra la tiranía.
t¿En qué más creen los liberales? Obviamente, en el valor básico que le da nombre y sentido al grupo: La libertad individual. Libertad que -al margen de la aceptada Declaración Universal de los Derechos Humanos- se puede definir como un modo de relación con los demás en el que la persona puede tomar la mayor parte de las decisiones que afectan su vida dentro de las limitaciones que dicta la realidad. Esa libertad individual esta -claro- indisolublemente ligada a la responsabilidad individual. Un buen liberal sabe exigir sus derechos, pero no rehúye sus deberes, pues admite que se trata de las dos caras de la misma moneda. Los asume plenamente, y entiende que sólo pueden ser libres las sociedades que saben ser responsables.
t¿Que otros elementos liberales, realmente fundamentales, habría que añadir a este breve inventario? Pocos, pero acaso muy relevantes: un buen liberal tendrá perfectamente clara cuál debe ser su relación con el poder. Es él, como ciudadano, quien manda, y es el gobierno quien obedece. Es el quien vigila y es el gobierno quien resulta vigilado. El amo y protagonista de la sociedad es la sociedad civil. Los funcionarios, electos o designados -da exactamente igual-, se pagan con el erario público, lo que automáticamente los convierte (o los deberá convertir) en servidores públicos sujetos al implacable escrutinio de los medios de comunicación, y a la auditoría constante de las instituciones pertinentes.
Por último: la experiencia demuestra que es mejor fragmentar la autoridad, para que quienes tomen decisiones que afecten a la comunidad estén más cerca de los que se vean afectados por esas acciones. Esta proximidad suele traducirse en mejores formas de gobierno. De lo que se trata es de que los poderes públicos no sean más que los necesarios, y que la rendición de cuentas sea mucho más sencilla y transparente. Esto es, finalmente, lo que creen los liberales. El resto son pamplinas.

Publicado en:
EL COMERCIO
Sección A3
07 de octubre de 1996 






martes, 30 de enero de 2018

ESTADO, SOCIEDAD Y MERCADO

Por: Ernesto VELIT GRANDA

                                   El derrumbe imprevista de modelos conceptuales del pensamiento, que alguna vez fueron principios y paradigmas, así como la quiebra de los socialismos estatizantes, con la aparición beatificada de un liberalismo, hasta hoy no suficientemente conocido en su total y exacta dimensión, han llevado a la necesidad de definir nuevas identidades donde ubicar las también nuevas propuestas ideológicas, que en lo central ha resultado establecer las actuales relaciones entre individuos y sociedad, así como entre el papel del Estado y el mercado en la conformación de un sistema económico y social diferente.
                                     No son pocos los pensadores liberales que reconocen que si bien "el mercado es eficiente, este no genera automáticamente beneficios sociales a la comunidad ni asegura equidad en la distribución. De allí, la necesidad imperiosa de un Estado que garantice los aspectos sociales y una profundad solidaridad como expresión de responsabilidad comunitaria frente a la pobreza y la marginalidad".
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                                           Se trata en resumen, de contribuir al mejoramiento de la vida democrática, planteado como empeño y compromiso de la ciudadanía en general con su gobierno a la cabeza. Ello es lo que caracteriza a un Estado de Derecho, que asume como propósito esencial garantizar el ejercicio de las libertades individuales y propiciar que éstas representen un aporte a un proyecto colectivo.
                                              En el proceso de renovación del país, en el que se encuentra empeñado nuestro gobierno, buscando superar taras de un antiguo orden, debemos tratar  de preservar al Estado de algunas perversidades que a menudo muestra el liberalismo y que pueden llevarlo a abdicar de obligaciones de un régimen democrático. Crecimiento, pero con justicia social y desarrollo sin dependencia. Por todo esto, en artículo reciente, lamentábamos que el hábito esclarecedor y aportante del debate público se esté perdiendo lenta y progresivamente. Nunca más necesario que ahora, en que se hace imprescindible confrontar las visiones dinámicas y estatistas de la sociedad y la política, a través de maneras civilizadas y eficaces de conciliar puntos de vista buscando fórmulas consensos. Así nos opondremos a la vigencia de la cultura de la intransigencia y de la desconfianza, que propicia autoritarismos incompatibles con la dignidad de la persona.
                                              A través de esta confrontación de ideas ayudaremos a que la razón se vaya imponiendo, aunque sea penosamente, a que ella se apoye en la voluntad y a que sus derechos se expresen a través del poder que se ejerce de manera representativa en la palabra del voto universal. Conseguiremos, de esta manera, que las instituciones del Estado además de flexibles, reconozcan diversas situaciones de conciencia social y política que es la que permite la perdurabilidad de los sistemas. Que si el liberalismo ha surgido, inevitablemente, sea más que una ideología que como un régimen económico. Que sea un verdadero "liberalismo para la democracia" y busque las potestades del conjunto más que los privilegios del individuo, mediante actos consensuales que manifiesten una actitud plural e igualitaria.
                                              La crisis de los paradigmas, la crisis de los modelos de pensamiento y análisis de soluciones reconocidos mundialmente, son objetos de profundas revisiones en la actualidad. Principalmente, frente a la paradoja que representa el que el avance impresionante del conocimiento y de la ciencia, se acompañe con un mundo social que se debate al borde del abismo tratando de salvar lo poco que queda de valores y de virtudes.
                                         Consecuencia de todo esto, es que la cuestión de las relaciones del Estado y el Mercado, sea motivo de interpretaciones contradictorias provocadas por las transformaciones en lo social y económico. Fundamentalmente, en lo que significa el funcionamiento del mercado y el desarrollo de la Democracia, que es donde está el talón de Aquiles de los entusiastas del Liberalismo.
                                          Es necesario, frente a las realidades de la hora presente, tanto corregir los excesos y desviaciones del estatismo, como evitar las desviaciones del mercado. No se trata del falso dilema de escoger entre Estado y Mercado, ya que cada uno tiene una función insustituible que cumplir. La política es una forma de actuar, pero sobre todo es una forma de ser. Y si la Democracia es el camino para alcanzar libertad y justicia, el estado es su instrumento.

EL COMERCIO
Sección A (Editorial)
09 de julio de 1996